lunes, 8 de noviembre de 2010

Clarividente


Entré. Allí estaba ella, sentada, haciedo lo suyo. Por un segundo cruzamos nuestras miradas, tiempo suficiente para que ella adivinara cuáles eran mis intenciones.
—Léame la fortuna —le pedí.
—Setecientos cincuenta y nueve euros —respondió.
—Gracias —le dije, y salí del banco.

2 comentarios:

Javi dijo...
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Javi dijo...
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